Habían pasado cinco años, entre altos y bajos, entre la
exploración de las emociones más recónditas del tálamo. Ahí estaba Lucy, sentada en una banca, con un
cigarro en la mano, mientras que un cantante británico le hacía el amor a sus
oídos. Aquel parque parecía representar
exquisitamente la muerte en una ciudad llena de luces y gente alborotada por
sus superficiales intenciones. Ella estaba en el lugar correcto aunque hubiera
deseado no ver tanta gente ni luces a su alrededor.
En fin, habían pasado cinco años y habían pasado 5 minutos
desde que había llegado, temprano como siempre. Tenía sentimientos encontrados,
no era la primera vez que lo hacía y sabía no iba a ser la última, estaba
acostumbrada a conocer primero a las personas y luego decidir si verlas o no
pero este era un caso especial.
Habían pasado 10 minutos cuando comenzó a reflexionar que en
el inicio el problema no fue la distancia, sino el orgullo que destruye hasta
los sentimientos más sinceros. Había mucha gente y mucho ruido en las calles,
era una ciudad cosmopolita después de todo. Lo contradictorio era que Lucy amaba las ciudades, pero la gente le
resultaba molesta.
Habían pasado quince minutos y Lucy recordó que hubo un
tiempo en el que el amor no pudo consumarse. Digamos que fue ectópico y no se
desarrolló como debía ser así que fue descartado, aunque evidentemente con
todas las consecuencias que implica aferrarse a lo que no existió. A pesar del
tiempo, parecía que nunca iba a lograrse.
A lo lejos se podían ver muchas luces, nada del otro mundo
si estas no hubieran sido rojas. Aquel ruido estremecedor de sirena fue
determinante para que Lucy por fin comprendiera que después de cinco largos años
el apocalipsis había venido antes que el génesis y que jamás iba a haber una
taza de café.
-Con amor, Génesis.