Tuve un sueño en el cual me habían arrebatado algo realmente importante
para mí: la libertad. Triste fue saber que el sueño fue tenerla.
Cuando llegas a un lugar en el cual nadie te espera y solo sabes que te
tienes a ti para sobrevivir, entras en una tremenda confusión y te preguntas
mil veces por qué luchaste algo por lo que ni siquiera estabas segura, es ahí
cuando comprendes que un hecho desencadena otro, es todo.
La paranoia me recibió con un amargo abrazo, se ensimismo en no dejarme
ir, me encerró en una oscura habitación y arrojó la llave entre la multitud de
soeces humanos sin rumbo solo para obligarme a ser parte del espectáculo que se
estaba por estrenar.
Los telones comenzaron a abrirse: una habitación sesentera, una calle
olvidada, una ciudad caótica ¿Sensación? Veinte grados bajo cero. Noté que tengo
esa maldita costumbre de acostumbrarme, digamos que desde ese punto comencé
mal, digamos que intenté disimularlo, digamos que no pude. Yo estaba muy
consiente de cuál era el punto de quiebre y muy consciente de que ose a
romperlo sin motivo aparente hasta ese momento. Así empezó todo, una nota en el
diario, un café por la mañana, un cigarrillo por la tarde, una película en la
noche, una canción, una contradicción,
una soda, un grito, quizás dos. Y yo sin saber disimularlo. Digamos que lo
intenté, me transforme en todo eso que no soy en mi mundo, temerosa aún, pero
diferente, efecto de una lata con dieciocho, legal para veintiuno, apta para
nadie, nadie tan impulsivo como yo.
Pero todo tiene un final, digamos que intente disfrutar los últimos días.
Con el límite de alcohol permitido mortalmente al tope, música que en mi vida
había escuchado, intente arreglarlo todo, disfrutar de lo último que me
quedaba. Pero me di cuenta que aun cuando lo intentaba hacer por mí, el
objetivo era él, olvidarlo a él. Comprendí mientras las luces y las
alucinaciones iban poniendo de cabeza mi vida que iba a arrepentirme más de no
hacerlo que de haberlo hecho aun sabiendo que iba a salir mal.
Todo fue tan rápido, lo que encuentras espantoso ellos lo encuentran gracioso.
No sé qué pasó, en tan solo cinco minutos me encontraba en un bus de
regreso a mis cabales, más sola que nunca. La soledad nunca fue tan perra como
ese día. Me recordó que todo aquel que se siente solo es porque alguna vez se
sintió acompañado y lo verdaderamente nostálgico es escuchar sus voces en mi cabeza una y otra vez...sin fin.
Mientras más pasa
el tiempo más me cuesta describir las cosas que suelen pasar por mi cabeza,
existen palabras que no me atrevo a pronunciar. "Sentir" parece tan
lejano y tan opuesto a mí, es que cuando siempre lo sientes y nunca sienten
por ti, esa palabra, esa sensación se torna extraña y ajena. Te sientes lejos
de ti mismo y mientras más pasa el tiempo más se intensifica tu estado
nihilista más crees padecer Síndrome de Cotard. Lo verdaderamente triste es que
no existen ninguna de esas cosas en ti y es que en verdad no se trata de sentirse
solo sino estar rodeado de gente todo el tiempo y sentirse solo. No lo digo yo,
tampoco Robbie Williams, sino sus guionistas, los guionistas de la vida.
Tras bastidores, la
paranoia me entrega la llave y una botella con agua. Reconoce todo el desgaste
personal que tuve en el último espectáculo. Improvisar no es sencillo, hay que
tener una motivación y hay que saber decidir. Así es como recordé quién era en
realidad, recordé las cosas que me quedan por hacer y aunque la historia
teatral se haya desarrollado como lo escrito en el guion, esperaba que tuviera
un final feliz, ya saben, uno donde se pase lo que se espera que deba pasar. Sin
embargo, termina siendo eso, simplemente
un pasaje más de la vida, un sueño que juega a ser real o la increíble realidad
transformada en un sueño.