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jueves, octubre 23, 2014

Escena Genial N°2


Tuve un sueño en el cual me habían arrebatado algo realmente importante para mí: la libertad. Triste fue saber que el sueño fue tenerla.

Cuando llegas a un lugar en el cual nadie te espera y solo sabes que te tienes a ti para sobrevivir, entras en una tremenda confusión y te preguntas mil veces por qué luchaste algo por lo que ni siquiera estabas segura, es ahí cuando comprendes que un hecho desencadena otro, es todo.

La paranoia me recibió con un amargo abrazo, se ensimismo en no dejarme ir, me encerró en una oscura habitación y arrojó la llave entre la multitud de soeces humanos sin rumbo solo para obligarme a ser parte del espectáculo que se estaba por estrenar.

Los telones comenzaron a abrirse: una habitación sesentera, una calle olvidada, una ciudad caótica ¿Sensación? Veinte grados bajo cero. Noté que tengo esa maldita costumbre de acostumbrarme, digamos que desde ese punto comencé mal, digamos que intenté disimularlo, digamos que no pude. Yo estaba muy consiente de cuál era el punto de quiebre y muy consciente de que ose a romperlo sin motivo aparente hasta ese momento. Así empezó todo, una nota en el diario, un café por la mañana, un cigarrillo por la tarde, una película en la noche,  una canción, una contradicción, una soda, un grito, quizás dos. Y yo sin saber disimularlo. Digamos que lo intenté, me transforme en todo eso que no soy en mi mundo, temerosa aún, pero diferente, efecto de una lata con dieciocho, legal para veintiuno, apta para nadie, nadie tan impulsivo como yo.

Pero todo tiene un final, digamos que intente disfrutar los últimos días. Con el límite de alcohol permitido mortalmente al tope, música que en mi vida había escuchado, intente arreglarlo todo, disfrutar de lo último que me quedaba. Pero me di cuenta que aun cuando lo intentaba hacer por mí, el objetivo era él, olvidarlo a él. Comprendí mientras las luces y las alucinaciones iban poniendo de cabeza mi vida que iba a arrepentirme más de no hacerlo que de haberlo hecho aun sabiendo que iba a salir mal.

Todo fue tan rápido, lo que encuentras espantoso ellos lo encuentran gracioso.  

No sé qué pasó, en tan solo cinco minutos me encontraba en un bus de regreso a mis cabales, más sola que nunca. La soledad nunca fue tan perra como ese día. Me recordó que todo aquel que se siente solo es porque alguna vez se sintió acompañado y lo verdaderamente nostálgico es escuchar sus voces en mi cabeza una y otra vez...sin fin.  

Mientras más pasa el tiempo más me cuesta describir las cosas que suelen pasar por mi cabeza, existen palabras que no me atrevo a pronunciar. "Sentir" parece tan lejano y tan opuesto a mí, es que cuando siempre lo sientes y nunca sienten por ti, esa palabra, esa sensación se torna extraña y ajena. Te sientes lejos de ti mismo y mientras más pasa el tiempo más se intensifica tu estado nihilista más crees padecer Síndrome de Cotard. Lo verdaderamente triste es que no existen ninguna de esas cosas en ti y es que en verdad no se trata de sentirse solo sino estar rodeado de gente todo el tiempo y sentirse solo. No lo digo yo, tampoco Robbie Williams, sino sus guionistas, los guionistas de la vida.

Tras bastidores, la paranoia me entrega la llave y una botella con agua. Reconoce todo el desgaste personal que tuve en el último espectáculo. Improvisar no es sencillo, hay que tener una motivación y hay que saber decidir. Así es como recordé quién era en realidad, recordé las cosas que me quedan por hacer y aunque la historia teatral se haya desarrollado como lo escrito en el guion, esperaba que tuviera un final feliz, ya saben, uno donde se pase lo que se espera que deba pasar. Sin embargo,  termina siendo eso, simplemente un pasaje más de la vida, un sueño que juega a ser real o la increíble realidad transformada en un sueño.

viernes, mayo 09, 2014

Vales un Perú

Le pasó a mi padre en tierras gauchas, eso que llaman extrañar: un anticucho, una Inca Kola, un ceviche, una cusqueña, tu casa, tu familia, tu patria. Es que pasar una semana, quizá dos y hasta un mes te hace querer gritar en silencio lo mucho que extrañas tu vida, que la quieres de vuelta, tan imperfecta como la dejaste. Pero te detienes una tarde y ves por la ventana  esa manta blanca que quizá nunca cubra el jardín de tu casa, y te es imposible recordar la última vez la última que vez que sentiste tanta paz. Analizas de nuevo, ves aquella persona totalmente desconocida saludarte con una sonrisa, a ese conductor detenerse para que puedas cruzar primero, a esos niños dejar sus juguetes en el jardín, a ese policía siendo respetado. Piensas que no es tan malo, en que quizá, no tengas a la tía veneno a una cuadra, pero aprendes a apreciarlo, a no criticarlo. Es en ese momento cuando recuerdo las duras palabras de mi padre “ningún país es tan bueno como el tuyo” e intento forzarme la cruda idea de que nada merece más cariño que la tierra que me vio nacer.
 
A  treinta y dos grados Celsius bajo cero, tuve no solo el cuerpo casi helado, sino también la mente. Hace mucho tiempo me propuse no pensar como nadie más, fuera quién fuera y es ahora que debo ver la realidad con la cabeza fría.

Fue increíble vivir en lugar tan bello como aquél que me acogió sin reparo. Miraba por la ventana y simplemente nunca me imaginé que con diecinueve años había llegado la oportunidad de ser libre. No es el punto, pero creo que me excedí con eso de libertad. En fin, mientras más pasaba el tiempo, terminé de enamorarme el tipo de vida que llevaba, la nostalgia nunca se fue, pero no era tan malo, después de todo. Mas eres consiente de que eres ave de paso y de que el tiempo pasa, queda corto y ves cerca el final. Es difícil pisar tierra cuando ya te habías acostumbrado a las nubes. 

Siempre es más difícil por las mañanas porque sé que ya todo acabo. La rutina pretende asesinarme y mientras la burlo termino en una plaza llena de palomas convenidas que rechazan mi cariño si no les lanzo un poco de maíz. Caminando unas cuadras más encuentro un callejón lleno de libros, vinilos y grafitis. Un par de pasos más y hombres en caballo imponen respeto angostando mi camino. En el trayecto me acompañan todas aquellas construcciones virreinales que desprenden elegancia. Mientras los autos amenazan con apagar mi vida, cruzo temerariamente la pista y tomo el primer bus que veo. De pronto me encuentro frente a un hermoso atardecer, el mar luce como una bestia calmada; cansada me doy vuelta y logro divisar una banca casi vacía, esperando no incomodar con mi presencia a aquel salvaje minino, tomo asiento. Veo mucha gente sonriendo a mi alrededor y es cuando noto que todo el camino estuvo lleno de ellos.

Sonríen, porque la vida es otra, porque ahora las oportunidades existen. Sonríen porque se habla bien de nosotros en los últimos años y la esperanza aumenta. Nadie puede decirme que ha sido fácil y definitivamente falta muchísimo por hacer. Así eres Perú, en tus años más violentos me enseñaste la luz e hiciste que viviera el cambio acompañada de una canción criolla.  Aprendí a amarte con todos tus defectos y tus virtudes y me enseñaste una de las cosas más importantes de la vida: A luchar por lo que quiero, a no mirar el pasado con amargura porque nada es fácil y nada debe serlo. Es que lo tienes todo y no puedo sentirme más orgullosa de llamarte mi madre patria como ahora.

No sabes cuánto te extrañé estos cortos meses, prometo volver siempre y como diría El Zambo Cavero “yo quiero darte mi vida  y cuando  me muera tener el honor de unirme en la tierra contigo Perú”.


Con amor, para mi Perú.