Like, like everywhere

viernes, mayo 09, 2014

Vales un Perú

Le pasó a mi padre en tierras gauchas, eso que llaman extrañar: un anticucho, una Inca Kola, un ceviche, una cusqueña, tu casa, tu familia, tu patria. Es que pasar una semana, quizá dos y hasta un mes te hace querer gritar en silencio lo mucho que extrañas tu vida, que la quieres de vuelta, tan imperfecta como la dejaste. Pero te detienes una tarde y ves por la ventana  esa manta blanca que quizá nunca cubra el jardín de tu casa, y te es imposible recordar la última vez la última que vez que sentiste tanta paz. Analizas de nuevo, ves aquella persona totalmente desconocida saludarte con una sonrisa, a ese conductor detenerse para que puedas cruzar primero, a esos niños dejar sus juguetes en el jardín, a ese policía siendo respetado. Piensas que no es tan malo, en que quizá, no tengas a la tía veneno a una cuadra, pero aprendes a apreciarlo, a no criticarlo. Es en ese momento cuando recuerdo las duras palabras de mi padre “ningún país es tan bueno como el tuyo” e intento forzarme la cruda idea de que nada merece más cariño que la tierra que me vio nacer.
 
A  treinta y dos grados Celsius bajo cero, tuve no solo el cuerpo casi helado, sino también la mente. Hace mucho tiempo me propuse no pensar como nadie más, fuera quién fuera y es ahora que debo ver la realidad con la cabeza fría.

Fue increíble vivir en lugar tan bello como aquél que me acogió sin reparo. Miraba por la ventana y simplemente nunca me imaginé que con diecinueve años había llegado la oportunidad de ser libre. No es el punto, pero creo que me excedí con eso de libertad. En fin, mientras más pasaba el tiempo, terminé de enamorarme el tipo de vida que llevaba, la nostalgia nunca se fue, pero no era tan malo, después de todo. Mas eres consiente de que eres ave de paso y de que el tiempo pasa, queda corto y ves cerca el final. Es difícil pisar tierra cuando ya te habías acostumbrado a las nubes. 

Siempre es más difícil por las mañanas porque sé que ya todo acabo. La rutina pretende asesinarme y mientras la burlo termino en una plaza llena de palomas convenidas que rechazan mi cariño si no les lanzo un poco de maíz. Caminando unas cuadras más encuentro un callejón lleno de libros, vinilos y grafitis. Un par de pasos más y hombres en caballo imponen respeto angostando mi camino. En el trayecto me acompañan todas aquellas construcciones virreinales que desprenden elegancia. Mientras los autos amenazan con apagar mi vida, cruzo temerariamente la pista y tomo el primer bus que veo. De pronto me encuentro frente a un hermoso atardecer, el mar luce como una bestia calmada; cansada me doy vuelta y logro divisar una banca casi vacía, esperando no incomodar con mi presencia a aquel salvaje minino, tomo asiento. Veo mucha gente sonriendo a mi alrededor y es cuando noto que todo el camino estuvo lleno de ellos.

Sonríen, porque la vida es otra, porque ahora las oportunidades existen. Sonríen porque se habla bien de nosotros en los últimos años y la esperanza aumenta. Nadie puede decirme que ha sido fácil y definitivamente falta muchísimo por hacer. Así eres Perú, en tus años más violentos me enseñaste la luz e hiciste que viviera el cambio acompañada de una canción criolla.  Aprendí a amarte con todos tus defectos y tus virtudes y me enseñaste una de las cosas más importantes de la vida: A luchar por lo que quiero, a no mirar el pasado con amargura porque nada es fácil y nada debe serlo. Es que lo tienes todo y no puedo sentirme más orgullosa de llamarte mi madre patria como ahora.

No sabes cuánto te extrañé estos cortos meses, prometo volver siempre y como diría El Zambo Cavero “yo quiero darte mi vida  y cuando  me muera tener el honor de unirme en la tierra contigo Perú”.


Con amor, para mi Perú.