Le pasó a mi padre en tierras gauchas, eso que llaman extrañar: un anticucho, una Inca Kola, un ceviche, una
cusqueña, tu casa, tu familia, tu patria. Es que pasar una semana, quizá dos
y hasta un mes te hace querer gritar en silencio lo mucho que extrañas tu vida,
que la quieres de vuelta, tan imperfecta como la dejaste. Pero te detienes una
tarde y ves por la ventana esa manta
blanca que quizá nunca cubra el jardín de tu casa, y te es imposible recordar
la última vez la última que vez que sentiste tanta paz. Analizas de nuevo, ves
aquella persona totalmente desconocida saludarte con una sonrisa, a ese
conductor detenerse para que puedas cruzar primero, a esos niños dejar sus
juguetes en el jardín, a ese policía siendo respetado. Piensas que no es tan
malo, en que quizá, no tengas a la tía veneno a una cuadra, pero aprendes a
apreciarlo, a no criticarlo. Es en ese momento cuando recuerdo las duras
palabras de mi padre “ningún país es tan bueno como el tuyo” e intento forzarme
la cruda idea de que nada merece más cariño que la tierra que me vio nacer.
A
treinta y dos grados Celsius bajo cero, tuve no solo el cuerpo casi
helado, sino también la mente. Hace mucho tiempo me propuse no pensar como
nadie más, fuera quién fuera y es ahora que debo ver la realidad con la cabeza
fría.
Fue increíble vivir en lugar tan bello
como aquél que me acogió sin reparo. Miraba por la ventana y simplemente nunca
me imaginé que con diecinueve años había llegado la oportunidad de ser libre.
No es el punto, pero creo que me excedí con eso de libertad. En fin, mientras más
pasaba el tiempo, terminé de enamorarme el tipo de vida que llevaba, la nostalgia
nunca se fue, pero no era tan malo, después de todo. Mas eres consiente de que
eres ave de paso y de que el tiempo pasa, queda corto y ves cerca el final. Es difícil
pisar tierra cuando ya te habías acostumbrado a las nubes.
Siempre es más difícil por las
mañanas porque sé que ya todo acabo. La rutina pretende asesinarme y mientras
la burlo termino en una plaza llena de palomas convenidas que rechazan mi cariño
si no les lanzo un poco de maíz. Caminando unas cuadras más encuentro un
callejón lleno de libros, vinilos y grafitis. Un par de pasos más y hombres en
caballo imponen respeto angostando mi camino. En el trayecto me acompañan todas
aquellas construcciones virreinales que desprenden elegancia. Mientras los
autos amenazan con apagar mi vida, cruzo temerariamente la pista y tomo el
primer bus que veo. De pronto me encuentro frente a un hermoso atardecer, el
mar luce como una bestia calmada; cansada me doy vuelta y logro divisar una
banca casi vacía, esperando no incomodar con mi presencia a aquel salvaje
minino, tomo asiento. Veo mucha gente sonriendo a mi alrededor y es cuando noto
que todo el camino estuvo lleno de ellos.
Sonríen, porque la vida es otra,
porque ahora las oportunidades existen. Sonríen porque se habla bien de
nosotros en los últimos años y la esperanza aumenta. Nadie puede decirme que ha
sido fácil y definitivamente falta muchísimo por hacer. Así eres Perú, en tus
años más violentos me enseñaste la luz e hiciste que viviera el cambio
acompañada de una canción criolla. Aprendí
a amarte con todos tus defectos y tus virtudes y me enseñaste una de las cosas
más importantes de la vida: A luchar por lo que quiero, a no mirar el pasado
con amargura porque nada es fácil y nada debe serlo. Es que lo tienes todo y no
puedo sentirme más orgullosa de llamarte mi madre patria como ahora.
No sabes cuánto te extrañé estos
cortos meses, prometo volver siempre y como diría El Zambo Cavero “yo quiero
darte mi vida y cuando me muera tener el honor de unirme en la tierra
contigo Perú”.
Con amor, para mi Perú.